Folato es como se encuentra esta vitamina B9 en la naturaleza. De hecho, su nombre proviene del vocablo latino 'folium', que significa hoja, lo que refleja que los alimentos más ricos en este micronutriente son los vegetales de hoja verde.
Existen diferencias entre el ácido fólico y el folato, aunque parezcan lo mismo y sus nombres sean parecidos. La principal diferencia radica en que el folato es la forma natural de la vitamina B9, y el ácido fólico es la versión artificial.
El Folato se utiliza para referirse a todas las moléculas que tienen unas propiedades nutricionales similares entre sí. La que nos interesa de verdad, la que se denomina B9, es el 5-MTHF. Nuestro sistema digestivo es capaz de, antes de que entre en nuestro torrente sanguíneo, convertir todas las formas diferentes de folato a 5-MTHF, que es la molécula que acaba colándose en nuestra sangre.
En cambio, el ácido fólico es una creación del ser humano. Se trata de una molécula sintética producida en laboratorios cuya nomenclatura química es ácido pteroilmonoglutámico. Es la que se utiliza para enriquecer diversos productos como los cereales de desayuno e incluso el pan. Al contrario que el folato, el ácido fólico no es reconvertido por nuestro sistema digestivo, sino que, como explican en un estudio los investigadores M. J. King, D. E. Jones I. Patanwala y el resto de su equipo de la Universidad de Newcastle, necesita ser reconvertida por nuestro hígado. Dicho de otro modo, tiene que metabolizarse.
Mientras que el folato es instantáneo (minutos después de ingerirlo, la vitamina B9 útil estará circulando por nuestro torrente sanguíneo), el ácido fólico puede tardar horas e incluso días en metabolizarse.
El organismo necesita diferentes cantidades de folato dependiendo de si lo toma una embarazada, o es un suplemento para cubrir una deficiencia que dependerá de la edad, del peso corporal y del sexo.
El ácido fólico y el folato resultan imprescindibles para poder efectuar correctamente algunas de las siguientes funciones:
Descomponer las proteínas y absorber los nutrientes.
Formar células sanguíneas: los glóbulos blancos y rojos.
Colaborar en la formación del ADN para poder transportar la información genética.
Prevenir el riesgo de problemas congénitos del bebé en las mujeres embarazadas.
Ayudar al correcto funcionamiento del sistema cardiovascular.
Contribuir al correcto funcionamiento del sistema inmunitario.
Ayudar a disminuir el cansancio y la fatiga